DESVELADO DE TANTO PENSAR: EL NOTA ESCAPA HACIA LA FELICIDAD

Nazareno Nota, alias El Nota, es el autor de algunas de las canciones más conmovedoras de su generación. Con vocación de estribillo, escribe sobre desigualdad social, angustia, represiones y heridas no cicatrizadas, creando un puñado de himnos que su creciente público atesora. Un encuentro distinto con el último antihéroe de la escena underground.

 

Comienza desde la relatividad. ¿Cómo presentar a un joven músico de 24 años que toca desde hace siete, es desconocido para la mayoría, pero cuyas canciones se han vuelto imprescindibles para quienes las han escuchado? ¿De qué manera abordar a un pibe que, mientras busca la forma de llevar adelante su arte, ya tiene una hinchada que canta sus canciones como himnos generacionales, despliega trapos en los recitales y declara su fidelidad militando desde la ternura, el aguante y el amor? ¿Quién está detrás del poderío de canciones llenas de rispideces, angustias y aprendizajes que intentan sanar? ¿Cuán sustentables son los sueños de este artista que, sobre todas las cosas, quiere entregarse a la música porque otros caminos, quizás, no conduzcan a un final feliz? ¿A dónde se dirige El Nota, en solitario o acompañado por sus secuaces de La banda del Nota, tocando cada fin de semana donde se presente la oportunidad? ¿Cuál es la intensidad del vínculo con sus seguidores, que hacen de la distancia de las redes sociales y las plataformas un aguante casi devocional, militando afectivamente por quien compone canciones que retratan sus miedos, errores, deseos y frustraciones? ¿Por qué llega tan profundo al corazón? ¿Será porque canta sobre desigualdad social? ¿Sobre los vaivenes de la salud mental? ¿Sobre promesas falseadas desde el principio?
El Nota amerita un tendal de preguntas. No hay una respuesta concreta para cada una. Tenemos discos. Tenemos fechas. Tanto los interrogantes como las certezas parten desde una única posición: hacer canciones.
“Siempre anduve en una. Pero siempre haciendo temas. Parece poco porque soy pendejo, aunque ya no tanto, pero hace bocha que estoy con la guitarra”, cuenta.
Nota evita romantizar ese andar en una. Ahora anda en ésta: la música. Como solista. Con La Banda del Nota. Aclara que igual siempre está acompañado. Solista no significa solitario. “La banda re suena”, dice. “Los pibes la rompen porque tocan y disfrutan. Es clave eso”.
Es un tipo con suerte. Lo repite dos veces, quizá todavía incrédulo de todo lo que está sucediendo. Todo infiere mucho, mas no se trata de una exageración. Suceden cosas que lo apañan a seguir enfocado. Mejor aún: lo ilusionan.
A las fechas constantes y al público creciente, se le suma la seguidilla de apariciones en medios de comunicación que lo destacan. Además, los festivales del circuito lo consideran una figura fuerte en sus grillas.
En Mar Del Pop, en la ciudad de Mar del Plata, el público lo recibió y celebró con especial cariño, logrando uno de los momentos más destacados del festival, que tuvo lugar el viernes 7 y el sábado 8 de febrero en Brewhouse Puerto.
La Banda del Nota tuvo su hora mágica el viernes por la noche.
Tocaron algo más de media hora, en una entrega tan directa que casi no hubo palabras entre canción y canción.
El público, sin embargo, tuvo mucho para decir, cantando palabra por palabra, coreando con aguante y desplegando trapos con el nombre del grupo, como una tribuna encendida.
En vivo, La Banda del Nota tiene autoridad propia, sin olvidar la génesis lofi de sus temas. En ese sentido, tanto la banda como su autor e intérprete privilegian esa esencia primigenia.
Hay estribillos y puentes, entre verdades rotas y decepciones que enseñan, pero no matan.
El Nota canta, por momentos, con la cabeza gacha, hasta que eleva la voz, metiendo cierta catarsis, señal de que los sentimientos de cada tema aún se sienten crudos.
Hay un peso vivo en sus temas: un dolor que no cede por más que suenen noche tras noche. La inercia de la mecanicidad parece ajena a estas canciones, donde se conjugan la realidad apesadumbrada, la fantasía de lo posible y el dolor de los errores cometidos pero no exorcizados. Aquí, la inocencia perdida flota en el aire, al igual que los cuerpos que viajan surfeando por encima de la multitud, entre brazos extendidos.
El Nota se advierte como un -inminente- campeón generacional para un tiempo de sueños percudidos y golpeados. Se trata del derrotero catártico del último gran antihéroe nacional; un cancionista por derecho propio nutrido en la estela popular de Korneta Suárez, fundador de Los Gardelitos, así como también del temprano Miguel Abuelo, creando una mística entre realidad callejera y fantasía poética popular.
Hay algo más: aquí late un corazón que abraza desde la transformación de energías, un factor Fun People, que dice angustia no no para elevarla hacia una alegría rota característica de Daniel Johnston. La carga positiva se completa con el público, en una ida y vuelta constante. El Nota siente y canta, mientras que la gente conecta y eleva el grito hacia algo sustancial: identificación.

Brewhouse se ubica sobre la diagonal Garibaldi, en la zona del mítico puerto marplatense. La puerta principal de ingreso para el público está sobre dicha diagonal, mientras que artistas, staff y equipos llegan por la parte trasera, en la avenida Vértiz.
El ingreso por Vértiz, a tiro de la zona de camarines, se convierte en un punto de referencia para los integrantes de todas las bandas y el equipo técnico, durante ambas jornadas del festival. Se hace necesario salir a fumar, tomarse un descanso del ruido, concentrarse afuera al aire libre, o simplemente juntarse a charlar y beber algo, alejados de la multitud.
Frente al complejo de recitales y eventos, la avenida Vértiz ofrece un descampado que, en la noche, parece interminable. Pastos verdes, crecidos y saludables, regalan una postal casi forestal. Según Daniel Melero, entre risas, “acá se termina el mundo. Allá enfrente es darse a la aventura de la nada”.
Hay risas compartidas sobre Vértiz. Varios grupitos se congregan flanqueando el ingreso.
El ambiente es cálido: cerveza, porro, hamburguesas. La mayoría de las personas presentes ya tocó. Hay quienes mitigan la espera.
El Nota pasea entre los árboles del final del mundo. “Che, no hay nada de nada acá”, dice, Nazareno Nota listo para charlar, ya pasada la medianoche.
La Banda del Nota tocó un rato antes, marcando un quiebre en la jornada. La gente cantando. Hubo ovaciones y pedidos de más canciones. Tal vez el momento más encendido del viernes, como una previa justa para Mi Amigo Invencible, el grupo más convocante del festival.
Además de la excelente respuesta del público, La Banda del Nota se anota un logro particular: cuando tocan, parece que la totalidad de los músicos y las músicas se mezclan entre el público o al costado del escenario para apreciar el show. En camarines no queda nadie. Solo Milton, encargado del catering. El resto de los grupos están ahí, expectantes a El Nota y compañía. Hay algo especial ahí. Tiene que ver con la curiosidad por su evolución, con disfrutarlo, pero sobre todo con el respeto. También hay mucho cariño entre pares, algo que no es tan común a medida que el narcisismo escala. Sin embargo, El Nota está más allá de todo eso. Convoca de forma unánime.
Vos me observás eso y no sé… mirá, es fuerte que me lo digas. Lo agradezco. Siento que hay un cariño genuino”, comenta.
Creo que hay algo, debe ser que los pibes en realidad son gente amable y yo medio que hablo de esas incomodidades, de los egos, de ciertas miserias que nos hacen humanos, justamente. Creo que todos los que hacen arte sienten cierto punto de ansiedad, y capaz les gusta mi música por eso, o capaz les gusta por otra cosa, no sé”.
“Pero qué lindo que sea así, boludo. Qué copado saber que gusta a los compañeros. No sé si uno necesita la aprobación de los demás, pero te hace sentir bien que la gente aprecie tu música. Lo mismo con las bandas amigas. Porque además nosotros venimos de otro palo. No sé cuál será. Medio que punk, ponele. Al menos esa fue mi primera onda, aunque siempre desde lo popular”.
“Creo que es un montón ese aprecio que nos hacen sentir. Se agradece. Es para seguir adelante. Por eso estamos para seguir. Ponele, algunos de los pibes se quedan al festival, pero yo me vuelvo para allá (Buenos Aires) porque mañana toco solo”.
“Seguir tocando es importante porque conozco más gente. Siempre tengo la sensación de que recién arranco. Queda mucho todavía, viste. Como nosotros ahora, acá, en esta charla. No sé. Tocar es seguir conociendo gente”.
Vos me decís que a las otras bandas les gusta lo nuestro, me hace sentir bien. No es que necesite la aprobación, pero viste, en el fondo creo que todos la buscamos”.

Existen alegrías que se reservan para quien puede acceder a ellas. Sin embargo, según Benedetti, lo imposible solo tarda un poco más.
“Yo quiero vivir de hacer música. Para eso estamos acá. De esto se trata. Antes la veía re lejos. Ahora es jodido, pero tengo otra mirada”.
Con su persistencia para las fechas, además de sus canciones inclaudicables, El Nota logró desarrollar una red de apoyo a través de escenas musicales independientes del Gran Buenos Aires.
Moverse con paciencia entre trenes, subtes y colectivos, remises truchos y algún Uber barato, para tocar en fechas de bandas, pero también para aparecer en ocasiones como lecturas de poesía o alguna marcha. Allí aparecen ideas valiosas que lo inspiran, pero también aparecen más conexiones, con invitaciones formales o alguna apuesta para armar a futuro. La interacción con otros artistas y gente de la movida fomenta un sentido de comunidad y conocimiento compartido, lo que hace que el viaje sea menos desalentador.
Hacer de la música un oficio es el sueño. Lograr la sustentabilidad del proyecto es la meta.
La idea de ser músico profesional ya no parece tan ajena.
La paciencia se vuelve virtud.
Hay un mañana que espera.
Mientras tanto, el hoy más inmediato, arde.
“Ojalá, ojalá”, comenta, mirando el piso.
Hace siete años que toco. No sé. No hay garantías, pero pasan cosas. Hace tres años que estamos así…empezamos a tocar seguido en vivo, a tener repercusión. Espero que siga así, que esto crezca, que pueda laburar de esto”.
“No me da miedo que todo termine siendo un laburo normal. Medio que ya hacemos eso de tocar dos o tres veces por fin de semana. Los pibes se copan. Mandarle cumbia, me gusta decirle. Vamos de boliche en boliche. Nos gusta. Que siga así me hace feliz. Es cansador, pero todo te cansa en la vida. Esto es lo más lindo”.
“Ahora estoy desempleado. No tengo un mango. Estoy al límite de la indigencia, y me gusta dar lástima también”, comenta, sonriendo en complicidad. “Eso es un personaje, pero es un poco yo. Son cosas que me doy cuenta que soy así, y que si uno se pone a buscar, todos tienen algo de eso. Admiro a los que lo pueden tratar bien, que saben manejarlo, yo lo intento”.

La música de El Nota tiene muchas capas. Están los discos. Está el vivo. Afortunadamente su universo creciente es difícil de definir.
Todo parte de la canción. Composiciones de fragilidad donde nada está a salvo.
La vulnerabilidad convive con la osadía decir lo más complejo, lo más atrevido. Allí encontramos descaro, pero también carisma. Hay tanto dolor como aprendizaje.
El Nota tiene una sinceridad esquiva. Juega con la proyección y los personajes. Sabe que no engaña a nadie porque precisamente por ahí pasa la gracia.
En vivo sus canciones toman tenores de asperezas. La distorsión de las guitarras condensa el dolor, mientras su garganta estalla, sin control alguno.
Por otro lado, su lado acústico también es estéticamente espinado, aunque revela la cintura popular de quien escuchó un millón de cantos populares, en la radio, en los discos de la familia, en la peña, en los actos de la escuela, o entre los pasillos del barrio. Aparece ahí su pulso maestro para componer con facilidad esas canciones que son himnos inmediatos, que interpelan a primera escucha.
En Mar del Pop, La Banda del Nota muestra una forma definida. El Nota se concentra a cantar.
Lejos de ser un frontman, se sostiene del pie del micrófono, intentando concentrar energías en la voz. Sus manos, quizás buscando la guitarra, se notan inquietas. Alrededor, el grupo se luce sin alardes de virtuosismo.
Parece que la gente se adueña de cada una de las canciones. Eso no es nuevo. Desde hace tres años que sus recitales son encuentros donde cada tema se corea de manera colectiva, como una melancolía popular donde estribillos y versos son tanto declaración de principios como grito de resistencia.
Más que un talento musical, El Nota representa la naturaleza frágil de nuestra humanidad y el estado volátil de la mente, justo en una época donde la hostilidad avanza por todos los frentes.
«Los colectivos llenos», «No cesará», «Inundado en su sangre», «Quiero ser como vos» y «Le conté a mi psicólogo de vos»: son canciones tienen algo de refugio. Son simples, cortas y más que conmovedoras en muchos sentidos. No hay un montaje dramático, ni una pompa a gran escala: acá no hace falta exagerar nada, la crudeza de la emoción real y un descenso desgarrador son suficientes.
Desde la tristeza hasta el júbilo y las lágrimas (las suyas, las nuestras), se puede afirmar que escuchar a El Nota es una arteria abierta y vulnerable para que todos la vean.
Su artesanía tiene un refinamiento lógico. Hace canciones desde los 15 años. Las primeras registradas en una PC, directamente desde el micrófono de la máquina. Tiempo después vendría un estudio de grabación accesible en Laferrere.
Hay una concepción popular en sus canciones. Él lo sabe. Creció con la oreja puesta en mil sonidos. Los suyos, los ajenos, los prestados, los casuales, los obligados.
“Hay canciones hermosas en todo. No importa la época o la onda”, cuenta a propósito de la matriz de sus composiciones.
“Siempre quiero salirme de lo esperado. No sé cuánto nos interesa definirnos. Nosotros le metemos y le damos”.
“Uno habla de lo que siente en el cotidiano. Algo que parece demasiado personal como para decir en una juntada, pero lo cantás y se mezcla, confunde. Es lo que te decía antes sobre el personaje: en la poesía todo puede ser verdad o puede ser mentira. Me re gusta eso. Yo estoy entre esos dos lugares. Es real, pero también chanta”.
Muchos de esos sentimientos emergen a través de la música porque, de otra manera, tal vez serían problemáticos o peligrosos, o ambas al mismo tiempo. Es catarsis pura. La necesidad de bajarlo todo.
La diferencia que hace El Nota es que sus canciones tienen destino de multitudes. Son un tesoro por descubrir para el público general. Demasiado pegadizas para quedarse en el gueto, tienen un horizonte donde son abrazadas por la gente, trascendiendo a su autor, a la banda y a cualquier estética. Son canciones de la gente para la gente.
“Esa veta está en nosotros. Es natural. Somos de Rafael Castillo. Por un lado es poesía de barrio, lo que pasa día a día. Creo que es popular porque somos pueblo, quiero creer. Capaz somos medio marcianos, pero no dejamos de ser pueblo”.

 

Texto por Lucas Canalda
Fotografías por Florencia Couto

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