EL ELOGIO A LA INQUIETUD DE LAS FIN DEL MUNDO

La banda regresó a Rosario en el marco de una gira compartida con Cursi No Muere. Las canciones de su reciente disco Hicimos crecer un bosque sonaron en gran forma, confirmando un presente fructífero. Una mirada al núcleo que las hace diferentes.

A las ocho de la noche del viernes, hay unas veinte personas en la puerta de Refi.
En la vereda, Tita, baterista de Fin Del Mundo, cuenta anécdotas frente a una pequeña mesa de café. Dos sillas están ocupadas por Fede y Mati, bajista y baterista de Cursi No Muere, respectivamente. Parados están Tita y Manuel Collado, el sonidista.
La base rítmica de Cursi comparte un Amargo Obrero recién servido. También fuman. Toda su atención está centrada en el relato de Tita, que cuenta cuando le robaron todos los instrumentos y equipos que había dejado en el auto.
Tita relata la historia paso a paso, demostrando un excelente timing narrativo: el robo, la denuncia, el accionar de la policía y la posterior difusión del hecho a través de las redes, alertando sobre los equipos sustraídos.
“Se viralizó mal, por suerte. En ese momento era Facebook”, dice. “¿Vos te acordás, no?”, quiere saber.
En aquella ocasión, Tita aprendió una lección inolvidable: en primer lugar, tener siempre guardado el número de serie de su instrumento; luego,  hacer fotos donde aparezca el equipo completo, para ahorrar tiempo y simplificar la comunicación con una sola imagen. Por último, aconseja tener una foto de cada músico con su respectivo instrumento, para validar que efectivamente le pertenece. Ese último punto lo aprendió cuando fue a hacer la denuncia.
Hay otros aspectos a tener en cuenta porque la situación es compleja, urgente y sorpresiva. Luego de esa ocasión, que terminó con final feliz, Tita compiló todos los pasos a seguir, con detalles específicos, en un instructivo que tiene listo para compartir de inmediato a quien lo necesite.
Después cuenta historias sobre bandas de gira, la relación entre seudónimos artísticos y las visas de trabajo. Aprendió todo ese rollo de bandas con las que compartió escenarios, viajes y hasta organización de fechas. De eso también tiene toda la información, lista para compartir cuando se precise.
Tita es inquieta por naturaleza. Curiosa, además. Se ríe y se mueve, conversando, tirando datas. Le gusta compartir.
Se me ocurre que parte del secreto de la banda reside en esa virtud: ser inquietas por naturaleza.
Fin Del Mundo, un grupo sin pausa. Fin Del Mundo, cuatro músicas responsables de canciones que se conforman desde latitudes distantes; desde la inquietud que acerca al seno del grupo cada una de las integrantes: Julieta Heredia, guitarrista; Lucía Masnatta, guitarrista y cantante; Yanina Silva, bajista; y Julieta Tita Limia, baterista.
Sería justo afirmar que las cuatro ejemplifican esa falta de quietud de manera literal. Gestionan la banda ellas mismas. También manejan la comunicación y la prensa. Ensayan, componen, producen y maquetan su música. En algún momento hasta probaron con hacer sus propias fotos.
Para la gira, manejan por las rutas argentinas hacia los destinos de los recitales, cargan sus equipos, arman, prueban sonido y desarman cuando dejan todo chequeado.
Almuerzan a las siete de la tarde. Luego descansan un rato, antes de ponerse a organizar la feria de remeras y discos que, obviamente, atienden ellas, hasta que son relevadas por los Cursi. También arman las listas, por cuadruplicado; se cambian.
Bajan un cambio compartiendo un vino en un termo.
Respiran.
En un rato tocan.

Detrás de las remeras que se multiplican en recitales de todo el país, las miles de reproducciones, los millones de visionados, las millas acumuladas y los pasaportes sellados página por página, existe la entrega constante de una banda autogestiva consciente de sí misma.
Las FDM ponen corazón, mente y cuerpo en el proyecto. No es para ponerse metafísicos, pero sus almas están metidas en la banda.
No hay nada regalado. Ellas lo saben bien. No dan nada por sentado.
Salir de gira en su propio país tiene sus altibajos, especialmente en una economía que triplica los costos técnicos y dinamita los salarios. Sin embargo, le meten. Es cuestión de encontrar posibilidades, ver cómo se equilibra el resultado de la ecuación.
A medida que la banda sube la apuesta y las responsabilidades crecen, tanto en Argentina como afuera, la búsqueda de ese equilibrio también influye en lo personal, con la demanda de la vida real que está ahí afuera, en el cotidiano.
“Cada año le dedicamos más tiempo a la banda. Tanto para Lucía como para mí, es casi un trabajo de tiempo completo”, comparte Heredia. “Por otro lado, Tita y Yan, que tienen buenos trabajos con varios años de antigüedad, mantienen su doble vida de oficina y banda de rock, usando sus vacaciones para las giras”.
“Por suerte, nuestra actividad musical permite autofinanciar todo lo que hacemos y mantener cierta independencia. Pero, a veces, tocar en Fin del Mundo es una contradicción: no llegar a fin de mes y estar planeando una tercera gira por Europa”, confiesa la guitarrista.
Yani y yo trabajamos en relación de dependencia, ocho horas diarias”, explica Tita. “Lo que nos permite la convivencia con la banda es la flexibilidad laboral que te da cada trabajo, y la antigüedad que tenemos ahí. Estamos hace más de quince años, eso nos permite tener muchos días de vacaciones que podemos usar para las giras”.
Aprovechar algunas flexibilidades también está bueno. Por ejemplo, la modalidad home office permite trabajar de manera remota en una gira, llevándote la computadora. Por supuesto que no estamos para renunciar a esos trabajos fijos, pero tenemos la flexibilidad para llevar la banda en paralelo”, concluye la baterista.
Con tanto sucediendo en la agenda de la banda, la exigencia es considerable. El margen de disfrute puede verse amenazado ante las obligaciones de un calendario apretado.
El ocio se vuelve un factor crucial, tanto en lo anímico como en lo creativo. Después de todo, como reza el proverbio, “all work and no play makes Jack a dull boy”: una persona puede volverse tediosa si no tiene tiempo para el ocio.
“Siempre que nos juntamos estamos haciendo cosas de la banda. Hay siempre muchas tareas”, revela Masnatta.
“Generalmente nuestros momentos de ocio son poquitos. Cenar… mirar algo mientras estamos cenando. Estamos todo el día craneando cosas de la banda. Por un lado, porque se necesita, y por el otro, porque nos encanta el proyecto y siempre estamos pensando en él”, considera.
Nos permitimos momentos de ocio”, afirma Heredia. “Entre toda la lista de tareas musicales y organizativas, tratamos de hacer otras actividades: juntarnos a cenar, cocinar algo rico antes o después de los ensayos, ir a recitales de bandas amigas. Si estamos de gira y nos quedan energías, tratamos de pasear y recorrer todo lo posible en cada ciudad. Por suerte, nos llevamos muy bien y siempre salen estos planes en conjunto”.

Es la segunda visita de FDM a Refi. El año pasado tocaron con Gay Gay Guys, ahora con Cursi No Muere.
Conocen el escenario y se sienten cómodas. Lo transitan con seguridad. Es una sala con capacidad generosa que mantiene su cercanía con la gente. La escala es ideal.
Casi todo sale bien, excepto por un desperfecto con el micrófono de Luca Daniele, cantante de Cursi, cuando se suma para «El día de las flores». Además, las luces no acompañan hasta entrada la mitad del show, algo que suele suceder en Refi.
Suenan «Las flores», «Devenir paisaje», «Cuando», «Una temporada en el invierno», «Vivimos lejos», «Desvelo» y «El próximo verano», entre otras.
La música tiene un énfasis en la guitarra y oscila entre movimientos fluidos e interludios explosivos, reforzados por el disfrute que comunica el grupo sobre el escenario.
Dominan el arte de la construcción musical y el crescendo sensible con su respectivo cierre, entre el aliento de la gente y aplausos cerrados.
La lista completa es una hoja de ruta de las múltiples paletas que la banda plasmó a lo largo de los años.
La descripción de Post-Rock sería apropiada, aunque FDM rebasa ese subgénero, así como lo hace con otras tentativas descriptivas.
¿Post-Rock? Eso significa que no vas a encontrar estructuras de canciones estándar, líneas repetitivas ni nada por el estilo. Por momentos, la banda hace música instrumental que explora diversas emociones, y cada oyente debe decidir de qué se trata, en una especie de versión sónica de Elige tu propia aventura, que escapa a cualquier literalidad.
Cuando FDM publicó su primer trabajo en abril de 2020, en plena temporada de cuarentena alta, llegaron como un bálsamo sensorial que posibilitó el escape, construyendo horizontes sonoros abiertos a la exploración.
Parte de eso quedó atrás, sin resignar nada de su atractivo. Se permitieron evolucionar hacia lados algo insospechados.
Hoy la banda goza de un presente compuesto por elementos estéticos de Dream Pop, Post-Rock instrumental, midwest emo entre los 90 y los 2000, y cierta emotividad coreable del Punk Rock argentino.
Esa combinación de elementos, escuelas y reminiscencias, apela a su público impredecible, que ahora alcanza hasta a tres generaciones.
La convocatoria resulta llamativa: hay gazers, indies, punks, emos, rockers, alternos y stoners. No es fácil esa convergencia en Rosario. Dicha congregación reafirma el concepto abierto que es la banda.
Hay algo en esta música, hecha de manera apasionada y tocada con un disfrute contagioso, que resulta purificador porque, ante todo, sigue proponiendo espacios para completar para cada persona. ¿Qué está diciendo Masnatta en «Devenir paisaje», esa insinuación de Haiku que progresa en una declaración de principios, o quizás en la resignación de dejar ser?
Los muros de ruido puro, impregnados de efectos de guitarra, se vuelven tan fuertes y penetrantes que se convierten en una auténtica fuerza física. Silva, en el medio, saltando en pleno disfrute, siempre con la cabeza hacia arriba, se complementa con Heredia y Masnatta, desdobladas y gachas sobre sus mástiles, también entregadas al movimiento. Sin perderse en sus pedales y efectos, se concentran en una experiencia envolvente que integra al público como otra parte de la entrega.
Ese detalle integracional no es menor: veinte años atrás, Los Natas hacían de la experiencia sónica cuasi-instrumental un viaje envolvente que involucraba a la gente desde su atención y goce, rompiendo cualquier distancia estática.
No sería descabellado afirmar que FDM son continuadoras directas de Los Natas desde lo experiencial y lo atrevido de simplemente querer ser ellas mismas, sin responder a ningún deber ser ajeno. 
En febrero, en ocasión del festival marplatense Mar Del Pop, las FDM tomaron el escenario de la segunda jornada, con un retraso de tres horas, en lo que fue un sábado demasiado desprolijo por parte de la organización.
La banda tomó el escenario del Brewhouse con una decisión implacable, haciendo gala de una cintura festivalera aprendida en los últimos tres años.
Tocaron cuarenta minutos con una lista hitera y algunas canciones del nuevo disco, siguiendo la decisión de volverse sobre sí mismas, concentrándose en lo esencial: su fortaleza colectiva. Las cuatro activaron un núcleo único que irradia hacia afuera, contagiando al público.
Hay otras conexiones posibles en esa lectura intergeneracional: a mediados de los 2000, Los Natas también disfrutaron de un protagonismo rutilante por fuera del mainstream, con la atención del circuito alternativo puesta en ellos. Tal vez se trató de una anomalía del sistema, no obstante, el ojo de la tormenta se posó sobre ellos posibilitando una energía que irradió hacia nuevas camadas y distintas orillas sonoras.
Algo similar sucede con FDM, en esta era de la información y la pluralidad estética: a su forma, están en el ojo del huracán, conectando hacia latitudes impensadas, siempre apostando por sus formas y sus caminos.
Finalmente, así como Los Natas fueron un catalizador de tantas bandas, FDM es referencia para una generación de pibas y pibes que, post pandemia, las encuentra como protagonistas de escenarios en salas, festivales y giras.

En octubre de 2024 llegó el nuevo disco de Fin Del Mundo, publicado por Spinda Records, desde Andalucía para el mundo.
Con música, arreglos y producción artística realizados por la banda, Hicimos crecer un bosque tiene la lógica de un LP.
El lado A es directo, seguro en su transcurrir enérgico, resultando contagioso y coreable. Aquí están esos estribillos (a su modo) que ya se cantan desde hace tiempo en las fechas, mientras el público permite que la banda se descubra a sí misma en facetas quizás impensadas tres años atrás.
La escucha atenta de las canciones nos enfoca otra vez sobre la pista inquieta de la banda. Yendo a su esqueleto, estas canciones parecen haber sido desarrolladas a partir de ideas primarias que fueron desordenadas dentro de la sala de ensayo; una idea deconstruida que luego termina conectada con otra idea deconstruida, en un proceso orgánico que es indicio de cómo se trabaja dentro de la banda. Ideas pequeñas que derivan hacia otro lado; una idea conduce a un disparador repentino; no hay nada sagrado porque todo es maleable ante la curiosidad.
Inquietas porque se les ocurre una melodía. Inquietas porque tienen una línea de bajo en la cabeza. Porque tienen un patrón rítmico que, a la larga, termina transformado u olvidado, pero que fue disparador inicial.
En ese rastro inquieto encontramos algo de Brian Eno: no importa la idea concreta, sino el camino atravesado que nos lleva a lo impensado.
Hicimos crecer un bosque evita fórmulas posibles para la banda, eligiendo fluir hacia lo diferente, aún sin saber si habrá resultados seguros.
El lado B sorprende y presenta un escape hacia adelante.
«Microclima» es una llave hacia el futuro. Los tonos introspectivos y el sintetizador de Nicolás Aimo maridan bien con la tímbrica textural de las guitarras.
«Vendrá la calma» se insinúa como una posible favorita de recitales. Un comienzo con ímpetu tribunero que se desenvuelve en partes, entre guitarras potentes, cobrando más fuerza, para desvanecerse con un coro atmosférico.
Parece una canción sobre la carta blanca que trae la aceptación. Un cierre idóneo para una banda que entiende que cada paso será tan impredecible como irrepetible.
Se trata de una invitación política a un mañana de gesta colectiva. Más que un futuro que está por llegar, aquí FDM toma la decisión de avanzar hacia él, proponiendo un rol activo: La vida no es algo que nos pasa, somos nosotros quienes caminamos hacia ella, quienes la forjamos.
Quisimos dejar un mensaje esperanzador con «Vendrá la calma», donde volvemos a cantar al unísono para recordar que la superación de estos tiempos oscuros es en forma colectiva”, revela Heredia.
Esta fue la primera vez que pensamos un disco sabiendo que se trataba de un LP, porque el anterior era un compilado de los dos primeros EP. Le prestamos atención al hilo conductor entre canciones y tratamos de remarcar esa diferencia entre el lado A y B”, agrega la guitarrista.
Masnatta, responsable de todas las letras del disco, señala que “queríamos pensar el disco como lado A y lado B, justamente por el formato de vinilo. Creo que lo más novedoso está en el lado B. Esas canciones son apuestas diferentes de lo que veníamos haciendo”.

Cuando concluye el show, sonríen, respirando con cansancio.
En el camerino hay risas y abrazos. También un brindis fraternal con los Cursi.
Se relajan.
Pasean por la sala vacía.
Toman aire en la vereda, entre saludos de la gente.
Luego otra vez a desarmar y guardar equipos.
Algunas se encargan de cerrar la feria. Otras de revisar los números con la sala.
Al día siguiente parten hacía Córdoba, manejando.
En abril llega la presentación oficial de Hicimos crecer un bosque, en Niceto.
Luego vendrán Brasil y Perú. Más tarde otra gira europea, que suma a Portugal, por primera vez.
“Si sintió re lindo arriba del escenario”, dice Tita, mientras toma agua. “Me voy a dormir contenta, la verdad”.
Viajar.
Tocar.
Descansar.
Soñar.
Mañana será otro día para hacer realidad esos sueños.

Texto por Lucas Canalda / Fotos de Giulia.ant

 

 

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